1812. #Amanecer


¿Qué mierda hacemos en este país?- ¿qué hace un inglés, combatiendo en España contra los franceses?- me preguntaba mientras temblaba de miedo y frío en aquella trinchera. Lo haríamos al amanecer. Justo dentro de una hora estaba prevista mi muerte. Lo tenía decidido, sería voluntario. Encabezaría nuestra columna en el asalto.

La ciudad estaba sitiada y la brecha abierta por nuestra artillería en más de una semana de bombardeos parecía practicable. Era factible cruzarla y tomar la plaza, por lo menos a ojos de quien no tenía que enfrentarse a la muerte intentando sobrepasarla y que, casualmente, era el encargado de ordenar el asalto.

Mis tres años de academia militar no habían servido de nada, nadie me explicó esto. Nos preparaban para ser buenos oficiales, para obtener la gloria en los campos de batalla, pero por aquí la gloria no se veía por ninguna parte. Mirando hacia todos lados, solo veía desolación, veía a mis compañeros muertos, desmembrados por el impacto de los proyectiles que lanzaban nuestros enemigos desde la plaza fortificada. Veía una enfermedad tan terrible que impedía a hombres fuertes luchar, veía hambre, veía deserciones constantes huyendo de la muerte. Esto no tiene nada que ver con lo que me contaron. Esto no es glorioso, por lo menos a mi juicio.

Los cañonazos, en la noche, provocan un resplandor espeluznante. Cada uno que resuena trae a mi mente recuerdos de imágenes que me atormentan. Que me hacen pensar que mi cabeza ya no funciona correctamente. Como el día que nos hicieron entrega de nuestro nuevo uniforme, precioso, verde oscuro, impoluto. Nada quedaba de él, el pantalón estaba hecho harapos después de dos años destinado en la península, la elegante casaca verde botella estaba ahora mugrienta, nada que ver con el buen porte y el buen vestir que debían caracterizar a todo un oficial británico.

Otra imagen que venía a mi mente en repetidas ocasiones era la de la ocasión en que tuve por primera vez en mis manos el sable, reluciente, bruñido hasta el punto de poder usarlo como espejo a la hora de afeitarme. Todo había cambiado, ahora, cada vez que lo empuñaba era para causar dolor, para asestar un golpe a un adversario que ni siquiera conocía. O lo que es peor, a veces, sentía la tentación de tomarlo y hundirlo en mi pecho. Así terminaría todo, acabaría de una vez por todas mi sufrimiento.

Por cierto, parece que con tanta guerra he perdido la educación. Me presento, me llamo Harry y soy el capitán al mando de la segunda compañía del 95º regimiento de rifles británico. Estamos asediando una plaza fuerte en España, una ciudad fronteriza con Portugal. Esta acción, según mis jefes, nos abrirá las puertas de España y será el principio del fin para Napoleón. Yo no lo veo del todo claro.

-A ver, voluntarios para asaltar la brecha- dijo el general Roberts gritando ante la formación de soldados.
-¡Presente!.
-¿Estás loco?, te van a matar.- susurró mi fiel amigo Patrick que se encontraba justo detrás de mi en la formación.- mejor dicho, nos matarán a todos, somos tu compañía e iremos donde tú vayas-. 

Patrick y yo nos conocíamos desde hacía unos tres años, juntos participamos en la dramática retirada que en 1809 nos llevó hasta La Coruña, allí conseguimos escapar por los pelos de una triste y deshonrosa muerte. Patrick era un irlandés testarudo, fortachón, un magnífico tirador, se desenvolvía perfectamente con el Rifle Baker de ánima rayada. Aunque todavía no tenía galones, Patrick hacía las veces de sargento, muy bien, por cierto. A pesar de su juventud era ya uno de los veteranos de la compañía, a base de buenas maneras se había ganado la confianza de sus subordinados y la mía propia.

-Tranquilo, esto es una decisión personal, no tenéis por qué acompañarme, iré en cabeza, con los voluntarios de otras compañías, como es costumbre. – Le dije en voz baja, procurando que el general no se percatara de nuestra conversación.

El asalto a una brecha abierta, cuando el enemigo está en disposición de defenderla, es una de las maniobras mas arriesgadas en una guerra. No se me escapaban las estadísticas, mil veces comentadas, que contaban que de cada diez hombres que iban en cabeza en un asalto de este tipo, nueve terminarían muriendo. Las primeras andanadas de metralla, disparadas desde la ventajosa posición de altura del que defiende, eran fulminantes para la vanguardia del atacante.

En estos momentos los números no me importaban, estaba harto de esta maldita guerra de España, quería jugármela a todo o nada, o conseguía la ansiada gloria, o moriría en el intento. Estaba decidido. Aunque no esperaba la reacción de mis hombres. Toda mi compañía formaba a mi espalda, en la primera línea estaban situados dos jóvenes subtenientes que no creo que llegaran a los 20 años y cuatro sargentos entre los que se encontraba mi buen amigo Patrick.

-Yo voy- exclamó uno de los jóvenes subtenientes.
-Y yo- se escuchó al sargento Patrick.

A estos gritos respondió el resto de la formación. Continuamente se escuchaban entre la compañía bajo mi mando voces ofreciéndose para encabezar la columna, la euforia se extendió como un virus entre mis soldados. Excepto los incapacitados para el combate, todos se ofrecieron voluntarios.

-Bien, pues ya tenemos la vanguardia de nuestro ataque, capitán Harry, dé las instrucciones oportunas a sus hombres y dispónganse para el asalto- ordenó el general.

Las piernas me temblaban. -¿Qué estoy haciendo?, voy a conducir a mis hombres hacia la muerte.- Esto no es lo que me habían contado sobre el amanecer perfecto…
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Sobre Jorge Pizarro

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